ABOGADO
Una carrera, un título, una lapicera, un saco, una
corbata y una vida.
Un dibujante de vida propia y de vidas ajenas,
nunca del todo satisfechas, nunca del todo
comprendidas.
Así es la abogacía,
el arte de
abogar, de pensar por otro un enjambre de problemas.
Un oficio, un arte, una profesión, un servicio,
que clava su penetrante mirada en el corazón de un
montón de papeles silentes y arrugados,
en el fondo de un sótano que esconde en sus
profundidades un conflicto,
un trance,
una humanidad desgraciada.
Detrás de ese montón de papeles mudos y arrugados,
está el abogado,
a veces un escultor incipiente de muletillas,
artilugios y contrariedades,
a veces un pintor vagabundo lanzando pinceladas al
viento en un atril de vidas apagadas.
El abogado,
un actor de comedias, de cualquier teatro de
variedades,
barajando un mazo de naipes en un ignoto juego de
caminos sinuosos e intrincados.
Ese es el abogado,
siempre en
el medio de dos problemas,
de un actor y un demandado,
de un querellante y un querellado,
de un triunfo y una derrota,
de un éxito y un fracaso,
de una alegría y una tristeza
de una risa y una lágrima,
de un sí y un no
de un “hágase lugar” y de un “no hacer lugar”,
de un positivo y de un negativo,
de una pregunta y una respuesta,
de un ganar y un perder,
siempre en el medio de los contrarios.
Pero, detrás de un abogado, siempre está un ser
humano,
un ser humano de carne y hueso, aunque muchas
veces no alcance.
Aunque el disfraz de una imaginaria toga abrigue
un corazón de payaso,
con sentimientos y sueños, con esperanza y
nobleza,
con la humildad del sabio y el pudor del hidalgo
caballero.
Detrás de esas contrariedades,
sorteando decepciones y aprovechando el atajo,
en el triunfo o en la derrota,
que de cualquiera se ufana
siempre está el abogado…el eterno “colega” de las
miserias humanas.